Columna  
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Francisco J. Peña Medina
Tinta en la Sangre

Don Julio Sherer, el encuentro

Todavía estaba tibio el cadáver del diputado Praxedis Fraustro Esquivel, el dirigente ferrocarrilero asesinado a mansalva  en el estacionamiento de un hotel en la ciudad de México, cuando el entonces secretario del trabajo, Arsenio Farell Cubillas investido por voluntad propia en Ministerio Público se apresuraba a aventurar  una declaración frívola, que la muerte del líder tenia tintes pasionales, nada más falso.


Aún el féretro metálico que resguardaba los restos de “El Negro” permanecía en exhibición en el edificio del Sindicato Nacional de Trabajadores de Ferrocarriles y este personaje siniestro de la realpolitik en tiempos de Carlos Salinas de Gortari, no tuvo reparo en escupir su infamia yo estaba cerca, a escasos treinta centímetros de donde era entrevistado por la prensa y aun recuerdo sus palabras duras y su aliento amargo olor a bilis.


Tal vez por eso, por el impacto  que nos causaron  aquellas declaraciones echas al vapor y que escondían la complicidad de un crimen de Estado, fue que buscamos las paginas de la revista Proceso para contar nuestra verdad, la verdad de quienes convivimos muy de cerca y hasta los últimos días con Praxedis, ultimado de dos balazos por la espalda la madrugada del 17 de julio de 1993 en el desparecido hotel Pontevedra.


El acercamiento con Proceso se dio días después del asesinato  por conducto de Osiel Castillo a quien se le ocurrió comunicarse a las oficinas centrales del semanario para solicitar la entrevista, cual seria nuestra sorpresa que el mismo Julio Sherer director en aquellas fechas de la publicación se puso al teléfono y en menos de 15 días nos concedió la cita.


Ahí estuvimos puntuales, Enrique Fraustro González “El Bebe”, hijo mayor de Praxedis, Jesús Godoy quien fuera escolta personal del líder, un abogado de apellido Medrano que más tarde supimos traiciono la memoria del mal logrado dirigente y yo, que durante más de un año fui su jefe de prensa y compartí con él  su departamento en la Colonia Santa María la Rivera en la capital del país.


Las oficinas de la Revista Proceso que conocí en 1993, estaban ubicadas en la Colonia del Valle de la ciudad de México, en un edificio modesto pero funcional, al llegar nos anunciamos en una caseta de recepción y fuimos conducidos amablemente a su interior, subimos unas escaleras amplias de mosaico tipo caracol donde se encontraba el despacho del director general, ya ahí nos pasaron a una pequeña sala de juntas.


Transcurrieron unos minutos cuando se asomo a atendernos un hombre de edad madura en mangas de camisa y tirantes, su melena alborotada, el pelo totalmente blanco, de ojos azules color mar y una mirada incisiva que perforaba. —“¿Gustan tomar algo?”, nos pregunto, alguien quiso un café, otros un refresco, al llegar mi turno le ordene: “a mi tráigame un  agua mineral”, al instante entro una mujer gordita con las bebidas.


Apenas engullí el primer trago de mi soda cuando aparece de nuevo el mismo hombre que nos ofreció de beber, ahora traía puesto un saco de cuadros y una llamativa corbata garigoleada ---“Señores soy Julio Sherer, en que podemos servirles?”.----nos dijo mientras tomaba asiento; en la madre, pensé y yo dándole ordenes a el tatoani del periodismo en México, al hombre que desafió al sistema en tiempos de Luís Echeverría, ni modo me hice el occiso y me trague la vergüenza.


Don Julio se porto a la altura, nos comento que a el también le había dolido la muerte de Praxedis “después de todo” señaló, “en cada familia mexicana hay un ferrocarrilero”, de hecho su suegro fue maquinista. Después nos dejo con el reportero Salvador Corro para la entrevista, que finalmente apareció publicada en el número 877 de Proceso bajo el titulo: Trasfondo de la muerte de los lideres Lorenzo Duarte y Praxedis Fraustro, En el sindicato ferrocarrilero, disputa por el poder y la riqueza.


Al despedirnos no me quedo de otra, le solicite a Salvador Corro que me diera la oportunidad de despedirme de Don Julio Sherer para lavar mi afrenta, “no te preocupes, el no se fija en eso, es muy sencillo”, me dijo, pero yo insistí; el viejo salio de su oficina y le lance el elogio como si eso fuera a resarcir mi imprudencia.
”Don Julio”, le dije, “gracias por sus atenciones, nos dio mucho gusto conocer donde se escribe una de las mejores revistas de México”.


“No joven”, me interrumpió, “no somos una de las mejores revistas somos la número uno”
“Oiga Don Julio”, le pregunte ya entrado en confianza, “¿Que se necesita para escribir en Proceso?, Usted sabe estoy desempleado”.


Entonces sucedió lo inesperado, me tomo del brazo y me condujo a uno de los cubículos de la redacción, donde escriben las plumas más prestigiadas del periodismo de batalla.
“Siéntese”, me dijo, “para escribir en Proceso se necesita valor civil y Ustedes lo están demostrando al denunciar estos hechos tan lamentables”, se refería al asesinato de Práxedes, pues nosotros en un  impulso suicida,   habíamos recorrido  el velo del sistema y acusado de su muerte al gobierno en complicidad con un puñado de lideres ferrocarrileros corruptos.